domingo, 13 de septiembre de 2009

Excusas del Escribir, a

Hace tiempo que me amenazo a mí mismo con escribirme. Pretesto tras otro, he logrado disuadirme para mantenerme anónimo ante mí mismo.
La mayor excusa de todas ha sido la tinta café. Sólo con tinta café escribiré a la perfección. Ese color, que es la refracción de la gama completa de los colores, lo más cercano a la nada en el mundo del color, hace juego con la perfección que tiene que salir de una mente tan absurda como la mía. Ahora sé también que los escritos coloniales de color café, en realidad fueron hechos con tinta negra que se oxidó, y el fierro en aquella tinta viva mutó a color tierra.
Otra gran excusa, muy útil cuando llevo más de 4 años intentando encontrar la lapicera fantástica para tanta tinta café, es la ausencia justamente de un depositario de plena confianza para tantas palabras atadas a la ausencia de refracción de color - no pillo pluma fuente de mi agrado. Mi tinta marrón, como la mierda tradicional, no puede depositarse en cualquier receptáculo. Hasta que encontré la plumafuente ideal. Barata, desechable como yo, y de poco brillo o sutileza, como las palabras que con ella pretendo sembrar.
Ahora escribo, casi una página entera a mano (esto lo escribí, sí, con mi pluma y mi tinta marrón). Me he quedado sin excusas para postergar lo inevitable: Estoy escribiendo, quiero seguir haciéndolo -aunque me pesa no estar registrando nada memorable ni atrapante, mucho más lejos de la perfección de la que me creía merecedor.
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Sin pensarlo, caigo en cuenta que esta lapicera impone cierto ritmo en mi escritura, no deja caer en las mañas de la birome, como detenerme indefinidamente cerca del papel, o palparme mucho tiempo las elucubraciones y dilucidaciones que uno cree tener en alguna parte del cuerpo.
La tinta va bajando, no perdona las lagunas de palabras o ideas. Cae. A un ritmo que se impone a las manos y a los papeles. Si me detengo mucho tiempo, mucho de su tiempo, mancha la hoja. Delata mis discordias internas, fustiga mi estúpida necesidad de sonar (y asomar) brillante, demostrando [manchanga en el papel] inteligencia abrumadora. Ves? Ya me marcó otra vez, [tinta gruesa en el papel] y otra vez.
Quién diría que uno podrá aprender, o al menos sentirlo así, de una lapicera, que por cierto no está sola, tiene al papel de cómplice. Denuncian mi dejadez, mi desprolijidad, no al escribir, sino al cuidar lo que escribo.
La tinta sigue bajano, no va a parar. Sólo yo puedo hacerlo. Ella, sangrará como una cortadura de cocina, casi como herida de guerra, en esta carrera contra el tiempo y los destiempos de quien tiene algo que decir pero que aún no sabe qué, y peor aún, que tiene el obsceno presentimiento de tener algo que decir, y que piensa que alguien lo va a escuchar, o tal vez leer.
Un viernes 13, de Agosto, de un tal 2004, una plumafuente, barata e irrespetuosa de mi necesidad de inspiradoras pausas para hacer lienzos con palabras, me animé a escribir, alguito.